En general y, en particular, en los cursos y demás encuentros relacionados con enseñanza de lenguas (nacionales y/o extranjeras) forma concenso designar con ese nombre -materna- a la lengua adquirida en primera instancia en el hogar.

Seré densa con la lexicografía pero hoy me acordé cuánto y cómo me choca encontrarme con dicha definición.

Lo primero que me pregunté hace años es si acaso el padre no habla. Y si lo hiciera ¿cómo deberíamos nombrar a la lengua que el progenitor emplea para comunicarse con su vástago? ¿paterna? Pues tendríamos líos con el grupo que se aferra a eso de los apellidos y a ponerle femenino a vocablos neutros y en fin, que por insistir se fijan en más detalles que yo con esto de las lenguas. Eso sí, miran con lupa todo lo que presuntamente está ofendiendo al género pero cuando se está ignorando alevosamente al masculino, no dicen nada. Nothing.

Hoy, me replanteaba si una vez más mis quisquilleces no me estarían jugando en contra. Tal vez nunca se me dio por reflexionar que “materna” vendría de matriz… ya saben, la base de algo.
En cuyo caso entonces habría que decir Lengua Madre por emplear un poco la sinonimia, herramienta exquisita del castellano.

Pero algún académico precisó esa excluyente definición de lengua materna y escribió para la presentación de sus conferencias: LENGUA 1. EUREKA!!!!!
Y así sucesivamente, L2 la segunda que hayas aprendido, L3 la tercera.

Como desde siempre me ha gustado sacar lo académico a la calle, que los ciudadanos de a pie o en coche o en bici se enteren y tengan común acceso a estos menesteres, que valga entonces este simple comentario.

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