Viernes, sábados y domingos los dedico, además de no hacer nada, a leer. Quiero comentar un libro cada viernes y como el resto de la semana escribo, aprendo otro idioma y enseño, me puse un horario como cuando iba al cole y asigné el fin de semana para actualizarme con la lectura.
El atraso era evidente porque hoy sábado me propuse acabar de leer la novela de Kirmen Uribe en tanto el sonido del agua de lluvia me dejaba la mejor excusa para volver a arroparme en la cama y quedarme allí hasta llegar a la última página.
Podría haberla leído mucho antes pero es una sana manía que tengo la de comenzar un libro y si intuyo que me va a conmover, lo dilato para no terminarlo nunca.
Hoy fue diferente. La vista me pedía treguas de tanto en tanto. Y las cervicales también. Pero me quedé tiesa leyendo sus palabras.

Comenzaron a caerme unas cuantas lágrimas cuando ya había pasado la mitad.
El tiempo de escritura de esta novela, acontece en un vuelo. Y coincidentemente, el tiempo de la historia te va elevando como ese avión que lo conduce al autor a Nueva York. Lo narrado adquiere velocidad de crucero y ahí estás en aparente sosiego disfrutando, olvidándote de que esperas llegar a destino.
Luego se te aproxima la realidad poco a poco y el avión emprende su descenso.
Yo también toqué tierra firme muy conmovida con su historia. Lloré. El final de la lectura coincidió con la hora de cocinar. Mientras comía volví a llorar contando cómo él contaba ciertas delicadezas de su pueblo y su lengua.
Horas después, intento imaginar qué habría sentido si la hubiera leído en Buenos Aires, lejos de este entorno y siendo una ignorante de la naturaleza como era.
Los peces los tuve siempre muy lejos, a excepción del algún dorado del Río de la Plata o unos filetes de merluza congelados. En cuanto a los árboles, en la ciudad los había pero nunca se aprecian como cuando vives rodeado de montes.
Al comenzar la novela te encuentras con que los peces y los árboles se parecen. Recién ahí, comprendí la alegoría de mi papá cuando estábamos a punto de dejar aquél país, uno para regresar y la otra para recomenzar. Me había dicho que emigrar era como cuando trasplantan a un árbol. Me señaló uno enorme que había en la plaza de un pueblo a 70km de la ciudad. “Es como si ahora, después de tantos años, lo arrancaran de raíz y se lo llevaran a otro sitio”
Solo viviendo en el país donde mi papá había nacido y al leer el sentimiento de Uribe por su tierra, comprendí, desde las emociones, esas comparaciones tan tiernas, tan naturales.
También pasé mi infancia conviviendo con tres lenguas. El castellano de la conquista, el guaraní de mi mamá y el valenciano de mi papá. Solo que estas dos eran privadas. No prohibidas pero sí vedadas a nosotros. Mi mamá lo hablaba con sus hermanas, mis tias, para que nosotros no nos enterásemos de cosas de adultos. Y mi papá solo lo ultilizaba con sus compatriotas también emigrados. Aún así, ninguno de los dos nunca nos habían inculcado nada que tuviera que ver con la discriminación lingüística.
Tuve que esperar a llegar aquí para enterarme muchas cosas de España que mi papá jamás nos había señalado. Acaso por vergüenza.
Por certezas del destino, esta vez por certezas muy mías, muy íntimas, yo estaba viviendo en el País Vasco. Naturaleza exuberante y sonido místico.
Despreciados muchas veces y humillados por su lengua, aún así conservan un orgullo impecable. Sobre todo, el profundo amor por su tierra es del que no puedes escapar ya nunca más.
Kirmen transmite apaciblemente esas pequeñeces escondidas en nuestro pecho. Kirmen contiene a un pez acurrucado en la palma de su mano para ser devuelto al agua y así liberarlo. Kirmen guarda con recelo el misterio de todo buen escritor: los sentimientos que solo son desvelados a través del poder mágico de las palabras bien escogidas y a tiempo.

Este escritor me recuerda el proverbio del Kung-Fu: “habla tan solo cuando tus palabras sean tan dulces como el silencio”

Desde lo más profundo de ese silencio obligado durante tantos años de espantosa dictadura, emerge con grandeza su lengua y su riqueza infinita de sensibilidad.

Creo que la grandeza de este autor radica en ese tesoro escondido: despertarte con la caricia de una pluma, desperezarte de excesos de urbanismos y devolverte a tus orígenes: la naturaleza y sus hombres, los que trabajan con ella y la conocen de verdad.
Él hace que llores por marinos arriesgados, por infancias ateridas, por esperas en exilio, por una lengua antes sumergida y por el milagro de dos niñas hablándola en libertad. Como la hablaban mi mamá y mis tias.

Pero lo que más me revolucionó, lo que más me ha hecho llorar es que él logra que sientas lo mismo que él siente en su interior. Que tú estés en su piel, que comprendas muy en secreto -y que lo cuides- las tontas esperanzas cotidianas, esas que nos hacen más vivos cuando se convierten en realidad.

Estas lágrimas merecían ser deslizadas.

Pienso cuánta vida se pierde el crítico literario. Pienso en lo que yo pensaba al comienzo de la lectura, antes de que mis venas se inflaran (Es una novela iniciática y con astucia su autor la elabora en un viaje)
Palabras aprendidas académicamente. Palabras que no debía citar para comentar Bilbao-N.York-Bilbao.

Palabras que hieren cuando el arte solo evoca los sentidos.